Bajo el sol de

Machurucuto

Machurucuto, un rincón antagónico

Historias frente al mar

La tradición oral de sus habitantes reza que, como un mito fundacional, Machurucuto comenzó a poblarse después de un diluvio. En los años 20 del siglo pasado. Colinda con Cúpira, terruño que se conoce desde el siglo XVIII y cuyo río desemboca en la playa, dándole así su tono marrón. Forma parte de la región de Barlovento, al este del estado Miranda, en el municipio Pedro Gual. Las casas de bahareque eran divididas por un puente de madera. Y tiene, en su historia, décadas de avance y de estancamiento.

En los 40 se enfrentaron al paludismo, enfermedad que golpeó a las áreas rurales de Venezuela. En los 50, el bulldozer de Pérez Jiménez construyó apenas la carretera que lleva al pueblo, pero no entró. Luego, el puente de madera pasó a ser de hierro y las casas, de bloque. Todo en la década de los 60, tiempos de avance y Reforma Agraria. Esto sirvió para recibir, en los años siguientes, a los clubes vacacionales que se inauguraron en las cercanías (Playa Dorada, Managua Caribe y Bosque Mar). Para los 90, tuvo, al fin, su propia iglesia.

Hoy conviven dos realidades. Se cruzan en las calles las fachadas desgastadas de sus hogares con el romper de las olas —que traen la calma consigo. Rasgos autóctonos de un país con los anhelos de un desarrollo que no termina de llegar. La tropicalidad es una mezcla entre paisajes de sol y gente desembarazada de malicia. Pero a veces en eso se queda. El progreso parece haber pasado de largo por esta costa —que con los años se ha convertido en un recuerdo de mejores épocas. Entre el mar, los ríos y las montañas está una iglesia sin techo, una playa sin muelle y plazas en ruinas. Quienes lo viven y pasean se sumergen en la añoranza del bienestar y la calma de la soledad.

Aquí se contrapone la riqueza natural y humana con la pobreza económica. Hay una sola escuela, que solo brinda formación primaria. El único centro de salud atiende casos básicos y si alguno necesita ambulancia, debe trasladarse a Cúpira. Y la electricidad, que va y viene, no siempre está a la orden de sus habitantes. Aun así, se oyen en eco las frases: “esto es un paraíso” y “yo a este pueblo no lo cambio por nada”. Los locales llevan en el corazón el clima y los colores del eterno verano. Conozca, desde ellos mismos, la vida en este rincón caribeño.

MACHURUCUTO EN LOS PERIÓDICOS

El desembarco cubano

Los “barbudos”, así llaman los oriundos a los cubanos que, el 8 mayo de 1967, desembocaron en sus orillas, traían consigo los fusiles del ideal revolucionario cubano. Seguían órdenes de Fidel. Fue la primera vez que Venezuela entera escuchó la palabra “Machurucuto”. Mientras el ejército criollo combatía a un número desconocido de guerrilleros, los habitantes se escondían en sus casas para evitar los tiros. Conocieron el miedo.

En los anales figuran varios eventos importantes. No obstante, el que más resalta en su memoria es el “desembarco cubano”. Testigo en vivo y en directo, los residentes vieron, desde sus ventanas, cómo el entonces presidente Raúl Leoni extinguía el fuego de las guerrillas. Este fue no solo el último foco de protagonismo en la vida política del país, sino también el último intento extranjero de ocupar Venezuela.

El incidente figura apenas como unas líneas en los libros de historia. Para quienes lo vivieron, marcó un antes y un después. “A Machurucuto no lo conocía nadie”, dice Suco Rojas, habitante. Fue él quien, por órdenes de William Izarra, levantó, en 2005, un monumento en la arena para Antonio Briones Montoto, uno de los guerrilleros que murió en el lugar.

ROSTROS DE MACHURUCUTO

Sus anhelos

La calma que llegó después del incidente del 67, a veces confundida con olvido, es lo que siembra la aspiración de algo mejor. Las caras de los machurucuteños exhiben los años bajo el sol. Iriana Paéz, del Kiosco que lleva su nombre, prepara empanadas de raya frente al mar. Ana Rojas, del restaurante emblemático “La Kioskana”, prepara pescado frito para el que venga y María Monaco atiende la bodega.

Pero el que entra más consigue otros matices. Martha se resguarda en su casa a pintar. Hallaquita, cuyo nombre real Francisco Rivero es poco conocido, se le ve a veces caminando con botella en mano. Marrero, que tampoco se llama Marrero sino José Ramón Aguana, se echa en un chinchorro después del trabajo. A Ramón Ortiz solo hay que buscarlo para que, de una sentada, diga cómo conoce los secretos que rodean la zona. Y Juan Marrero, con la pisca oriental que lo caracteriza, organiza a los pescadores.

Todos los rostros llevan la esencia en su piel bronceada. Pero llevan, también, anhelos en la mirada. “Machurucuto es un paraíso”, dice María Rojas. Después de una pausa, agrega: “Pero le faltan muchas cosas”. Escuche lo que, para ellos, son las carencias que más los afectan.

EL CONTRASTE: RITMO, COLOR Y FE

Fiestas y leyendas

Eso es lo que los machurucuteños llevan en la sangre. Aquí es donde las carencias encuentran a su antagónico: una comunidad que se niega a perder su idiosincrasia.

El proceso de colonización dejó en Barlovento una mezcla cultural con rasgos aborígenes, africanos y europeos. Ellos se dejan ver en sus ritos y festejos, cuya mayoría es de índole religiosa. Estos eventos permanecen como el momento de encuentro más importante de sus habitantes.

Desde disfraces hechos a mano, hasta procesiones con las calles de escenario y caderas que se mueven con los tambores, celebra las fiestas de Carnavales, Semana Santa y la Virgen del Carmen. Aunque todos los días por algo sus moradores sonríen. Como buena sociedad pequeña, todos se conocen y se ayudan; de cualquier casa a la que se entra se sale con algo en la mano. Helados, dulces, camarones, frutas y hasta chicharrón recién hecho son parte del repertorio de regalos que se intercambian.

La cultura está también guardada en los relatos. Es la tradición oral lo que la mantiene con vida. “El más allá”, que no escapa a esta costa, forma parte de ese entramado de creencias y tradiciones. Algunos aseguran haber visto a espantos como La Sayona, El Silbón, luces extrañas y hasta un jinete sin cabeza. Otros dicen que es “puro invento”. Lo que no puede negarse, sin embargo, es el miedo que sintieron los que dicen haber tenido encuentros con espíritus y OVNIS.

El Silbón, a pesar de ser de los Llanos, se vino de visita a Machurucuto. Y Martha fue su anfitriona. Escuche de su propia voz cómo fue el encuentro con el silbido que la hizo temblar de miedo.

Tomás Morffe no estaba seguro de si debía contar la historia de su primo. Al final, con voz temblorosa, contó el momento en que este lo despertó una medianoche para decirle que una mujer que flotaba lo había estado persiguiendo.

EL CANDADO DE UN COFRE SIN ABRIR

Las ganas vs. los recursos

La pesca es un oficio de macho, dice Juan Romero, presidente de la Cooperativa de pescadores Virgen del Carmen. Y no se equivoca. En la piel curtida se le nota los años de trabajo.La larga lengua de arena que forma la costa está seguida de plantas de coco. Estas fueron, por muchos años, su sustento principal. Hoy es la pesca artesanal. Con sus redes y el palangre obtienen pargo, mero, robalo, raya y principalmente camarones para mantener a sus familias.Cuando los rayos del sol apenas comienzan a reflejarse en el mar, ya los pescadores arrancan su faena. Pueden estar desde un par de horas hasta varios días en el agua. A veces, vuelven sin nada entre las redes.Es como tener un banco del que no siempre sacas plata, dice Orlando Rojas, quien se dedica al oficio desde hace 25 años. Conozca, desde su experiencia, cómo es la única fuente de trabajo de los costeros.


Los Bravos de Machurucuto no tienen uniforme, si acaso bates para los home runs. En un estadio sin mantenimiento y con un entrenador que no cobra sueldo, los niños practican cada semana con la esperanza de seguir el camino de aquellos que salieron del campo de tierra a los grandes equipos. El fundador de la escuela de béisbol, Édgar Morffe, fue jugador de los Burlington Indians (categoría rookie de los Indios de Cleveland).Desde 2011 se encarga de darles formación deportiva a los niños. Hay semillitas (desde 4 años) y hay junior (hasta 15 años), pero en todos hay ganas de jugar con los grandes. Su pasión la heredó su hijo, quien al dormir pone su guante bajo la almohada, porque claro, “él también tiene que descansar”. Morffe nos cuenta lo que significa el deporte y las dificultades para su práctica.

 

ANÁLISIS

Habla un experto

La tropicalidad de esta zona se evidencia en sus recursos naturales y en su producción agrícola —que es sobre todo cacaotera— pesquera y ganadera. Pero lo potencial y lo real están en dos planos distintos. Machurucuto, con poco más de 1500 habitantes, es un poblado rural con déficit de estructuras para el hospedaje y atención médica, así como en sus servicios de agua y electricidad. Por ello, el aprovechamiento de potenciales turísticos como la Laguna de Tacarigua, los ríos y el mar, se dificultan. El profesor de Sociología Rural de la Universidad Católica Andrés Bello, Francisco Calvani, cree que la condición rural de Barlovento se debe tanto a desatención de las autoridades como al “grado de aceptación de las cosas tal y como son y la dificultad para tratar de superar esas situaciones” que tienen sus habitantes. El miedo a cambios externos, que viene desde los procesos de colonización, también influye en su realidad y en la de sus alrededores. 

 

 


La señora María sigue rezando a sus santos y preparando heladitos de vaso. La bodega “Chano”, cuyo nombre se debe a su marido, está siempre abierta con productos y recibe a la visita con “¡hooola mi corazón!” de su dueña.

Martha, encerrada en una quinta que antes era posada, continúa trabajando en sus cuadros, salpicándose con restos de pintura en compañía de sus gatos y sus cajetillas de cigarros. A veces, cuando la visita toca su puerta, se vuelve conversadora.

“Hallaquita” va y viene. Al que pasa y le pregunta qué lleva en la botella le responde: “son las 10 de la mañana, esto es agua”, hace alusión a su gusto al alcohol. Nadie sabe si es ardiente o mineral.

Los demás, cada quien en lo suyo. Deambulando por las calles que hacia el final se funden con la arena. Haciendo paradas para comerse un pescado frito en “La Kioskana” y de cena un pepito bien resuelto en el carrito de Meri, que atiende en las noches. La única división que tienen es la que provoca el puente. Pero este pueblo, a pesar de ser muchos, es uno solo.

Mientras en otra ciudad alguien pregunta que dónde queda eso, ellos siguen su día a día. Sin ruidos de corneta, pero tampoco de tractores. Sin aroma a hollín, pero tampoco a medicinas. Solo salitre y una aspiración que va y viene. La costumbre a veces parece llevarle la delantera al cambio. La comodidad se pelea con los deseos no cumplidos. Y la soledad los abraza con gusto de a ratos.

UBICACIÓN

Aquí funciona la Escuela de Beisbol Menor Bravos de Machurucuto.

Enclavado en la costa este del estado Miranda,la bahía está a un poco más de dos horas en carro de la ciudad de Caracas. Después de tomar la Cota Mil, saliendo en El Marqués, se debe tomar la autopista Gran Mariscal de Ayacucho. La señalización que dice “Barcelona” marca la ruta a seguir. Al pasar El Guapo, pasando por el cerro El Bachiller, los árboles parecen formar un túnel hasta que, al cruzar a la izquierda justo antes de Cúpira, la recta que lleva al pueblo está llena de ganado y llanura. Al final, comienzan las casas que anteceden el mar dorado de Machurucuto.

AUTORES

Fabiola Ferrero

Periodista interesada en escuchar historias y contarlas. Para ello lleva una cámara y una libreta.

Rubén Cumare

Apasionado por el fútbol, encontró en el periodismo deportivo una forma de vivirlo.

A los habitantes de Machurucuto… por compartir sus vidas, carencias y anhelos. Gracias por dejarnos ser su voz.

Fabiola y Rubén

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